En su célebre cuento Funes el memorioso, Borges nos describe el extraño caso de un hombre que lo recordaba todo. Mientras nosotros, los normales, “de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa”, Funes veía “todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra”. Como el protagonista de aquella invención literaria, también la sociedad actual se asoma al prodigio de una memoria infinita, o dicho con otras palabras, a la imposibilidad del olvido. Una memoria presente en cada momento, que nos persigue y estraga. Una memoria de la cual hasta nosotros mismos nos habíamos olvidado cuando reaparece, inesperada, inoportuna, con su guadaña.

Este nuevo mundo mnemotécnico se puede explicar con cuentos… y con cuentas. La capacidad de almacenamiento en Internet es hoy de más de cinco millones de terabytes (cuando en cada terabyte caben, aproximadamente, un millón de libros). El dato, como todo en nuestro tiempo, es provisional. En menos de 48 horas creamos más información que la producida en toda la Historia de la humanidad hasta el año 2003. Y es que esta gigantesca memoria colectiva no sólo tiene unas dimensiones inauditas, sino un crecimiento exponencial.

Razonó el profesor canadiense Marshall McLuhan que nuestra relación con la técnica no es meramente instrumental, sino sustantiva: las personas formamos herramientas que luego nos forman a nosotros. De esta manera, el hombre cartesiano surgió con la imprenta porque “la invención de los tipos móviles de Gutenberg, lo forzó a comprender en forma lineal, uniforme, concatenada y continua”. Apareció un nuevo ambiente: el espacio ilustrado y urbano. Una forma nueva de civilización. Por su parte, los medios electrónicos, como la televisión y la radio, con su vuelta a la inmediatez de la oralidad tribal crearon la sociedad de masas y de consumo. Y así, vivimos en esta “aldea global” estructurada por la dieta emocional de la publicidad masiva… hasta que llegó Internet y lo hizo saltar todo por los aires.

“En 48 horas creamos más información que en toda la Historia de la humanidad hasta el año 2003”

Si pensamos diferente, somos diferentes. La primera consecuencia es epistemológica: la memoria infinita ha alterado nuestra facultad de recordar y olvidar. Ésta se desvincula de la línea del tiempo. Todo es caduco y actual a la vez. Abarrotados por un caudal inabarcable de signos, olvidamos lo que se dijo la semana pasada, ayer o hace un par de horas. Pero el tuit escrito hace ocho años, el artículo publicado hace dos décadas, vuelve al presente con todo su poder intacto, sin la erosión cicatrizante de los años, asombrosamente actual y escandalizador… Capaz de amenazar nuestra reputación y teñir nuestra biografía -toda ella- bajo el signo de un solo instante.

Vivimos a un tuit del desastre. Porque este mundo de las redes, de la inmediatez diferida, es una yuxtaposición de momentos que no conforman una línea en progresión o cartesiana. También el tiempo ha adquirido la forma de una red. O de un rizoma. Al privarnos del marco explicativo del contexto, al descolgarse de la historia, esta interconexión de instantes nos enfrenta a una manera diferente de comprender nuestro espacio público y político.

Estamos en la era de la semántica pura, unívoca: lo que fue dicho, sólo tiene una interpretación y además es inmodificable. Todo el sentido está contenido en la expresión, sin margen para los matices, para la contextualización, ajeno a los subcódigos que amplían y hacen más rico el mensaje (la ironía, el humor, la metáfora). Si algo sabemos es que las redes sociales no son la realización utópica de un espacio comunicativo abierto y libre. Son más bien lo contrario: el inmemorial y permanente Código de Hammurabi, escrito en la piedra.

Lo más inquietante de las redes sociales es su parecido especular con otras redes: las cerebrales. La distancia entre las sinapsis neuronales y el espacio público se ha acortado hasta el punto de hacerse inmediata. Lo que se publica en las redes cibernéticas no está pensado: está pensándose, o más precisamente, siendo pensado en ese momento.

“Hoy el periodismo tiene mucho de arqueología digital, de búsqueda del tuit perdido”

En la era Gutenberg, para que una idea llegase a la opinión pública, había que escribirla tras pensarla, enviarla a una editorial o periódico, ser impresa y al final, distribuida. En la aldea global de la era electrónica y televisiva, la inmediatez era gestionada por los medios, que funcionaban como filtro. Sin procesos mediadores, lo que se publica en las redes es el pensamiento espontáneo, puro: crudo. Sin la cocina que macera los razonamientos, los filtra y los difiere del momento en que se gestaron, las redes son el reflejo de lo que bulle en nuestra cabeza. O en nuestro estómago.

Por eso hoy el periodismo, que nace y muere en cada segundo, ávido de un contenido que lanzar a las fauces de las redes, tiene mucho de arqueología digital, de búsqueda del tuit perdido, del rastro que esa honorable persona dejó, como señuelo de su oculta y por fin revelada infamia. Acaso, simplemente, de su humanidad. Somos fiscales de las imperfecciones de los demás, ahora marcadas al descubierto en la gran pizarra del mundo.

El debate ético está servido. El legal, apenas esbozado. En Europa, desde 2014 los buscadores tienen la obligación de eliminar de sus resultados aquellos enlaces que violen ciertos derechos de un ciudadano, a petición de éste, debido a una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Pero una vez más, los tiempos de las instituciones y las leyes de la era Gutenberg se convierten en plastilina abrasada en nuestro mundo.

La nueva política, como el nuevo hombre, tendrá que saber sobrevivir a este tiempo. Adaptarse y comprender sus reglas. Medir su huella digital: analizar su rastro y el de los rivales. También desde la ciencia de la investigación social creamos motores y técnicas que nos permitan comprender y analizar la memoria casi inescrutable que hemos creado.

“En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”. El sentido que surge de la reflexión, se difuminaba, porque “pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. Así nos pasa a nosotros. El reto no es fácil, porque se trata de pensar lo impensable. Comprender lo incomprensible.

 

Gerardo Iracheta, presidente de Sigma Dos

Tribuna publicada en el diario El Mundo