Ante el mejor y el peor de los tiempos. Tribuna de Gerardo Iracheta en El Mundo

Vivimos momentos de contradicciones tan marcadas que nos recuerdan aquella frase de Dickens sobre la revolución francesa: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura”. Un tiempo en el que, a modo de ejemplo, los avances científicos conviven con el ISIS; el Iphone 7 con Donald Trump y el éxito de los juegos de Río con la deposición de Dilma Roussef. Tal vez los contrastes siempre hayan sido cruentos, pero la globalización de las comunicaciones ha resaltado como nunca sus perfiles.

Cuando, en vez de abrir un periódico, nos asomamos a una pantalla, nos sumergimos en un mundo digital y global. La información, los servicios y hasta las relaciones personales están y se crean en “la nube”. Las empresas, o son digitales o no son. Una desconocida Instagram acabó con el imperio fotográfico de Kodak en pocos años. Bla-bla car y Uber inquietan a las empresas tradicionales de transporte. Amazon es la dueña del Washington Post. Los medios de comunicación cambian el quiosco por Facebook y Twitter para distribuir sus noticias.

El mundo se digitaliza y globaliza y sin embargo la política parece encontrar dificultades para rebasar esas fronteras analógicas y locales. Dan cuenta de ello el Brexit, la crisis de identidad en Francia o el paralizado panorama político español. Es posible que estemos ante una crisis global de la política. Una crisis formada por muchas políticas locales y yuxtapuestas, pero incapaces de interconectarse entre sí y de gobernar un mundo que desborda definitivamente la frontera física de sus países. Sin embargo, como en el chiste de aquel que buscaba unas llaves bajo una farola, no porque las hubiera perdido allí, sino porque había más luz, los gobiernos buscan la respuesta en los estrechos márgenes de su mundo aparente. ¿Y si a la nube no solo se hubieran ido nuestros datos, sino que se estuviera yendo, también, la soberanía?

Varios teóricos han dejado escrito que hoy el poder, como la energía, ni se crea ni destruye: se transforma. Está en todas partes y en ninguna. Ubicuo, invisible, indetectable. Es esa invisibilidad del poder real, difícilmente controlable por las instituciones democráticas nacionales, el verdadero reto de nuestro tiempo. Un reto aprovechado por las tentaciones populistas para poner en cuestión la política representativa, y llamar –en vano– a la acción inmediata para recuperar el control.

Tal vez algún día lleguemos a la conclusión de que las instituciones que conocemos, netamente nacionales y pensadas para otro tiempo histórico, necesitan –y pueden– reconfigurarse. Los políticos tienen ante sí un doble desafío: humildad para reconocer que estamos ante una terra incognita, también para ellos; e inteligencia para reconstruir un espacio político y democrático que dé respuestas a los problemas de este mundo. De este, y no del que parece que se esfuma.

Un mundo mucho más complejo, cuya comprensión necesita más que nunca del análisis y de la investigación social. Como sostenía Niklas Luhmann, la sociología es la ciencia más difícil de todas, porque ella misma forma parte del objeto a estudiar: la sociedad. Eso nos obliga a estar constantemente analizando nuestros propios métodos, examinando nuestras técnicas y adaptando nuestros enfoques a los tiempos que vivimos. Un reto en el que estamos ya.

Gerardo Iracheta, CEO de Sigma Dos

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