“Cuando una mujer decide tener hijos, nadie le pregunta los motivos”

Es una declaración que recogió YO DONA de una profesional que determinó no tener descendencia y que, aún hoy, con una corriente individualista recorriendo la esfera privada y cientos de libros de reafirmación personal copando las librerías, sentía que tenía que justificar ante su entorno.

Su caso se incluye en ese 28,3% de mujeres que aluden al desinterés como el principal motivo que las ha llevado a ignorar la maternidad, según los datos de la encuesta SigmaDos para la cabecera. Un porcentaje similar de varones (26,5%) opina del mismo modo: no ha querido tener vástagos. Aunque en su entorno se pregunta con menos frecuencia porque la conciencia humana señala a la mujer cuando se habla de la descendencia.

Esta indiferencia es uno de los focos que explican el drástico descenso de la natalidad en nuestro país, que ha llegado a mínimos históricos en un proceso que se extiende por todo el continente coincidiendo con la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral y, posteriormente, con el deterioro de unas condiciones de trabajo que siguen impidiendo la conciliación.

Ese “no quiero” es el que retumba en las estadísticas e ignora la clase política, más atenta a la dialéctica de trincheras que a afrontar las causas de un fenómeno al que, lejos de poner freno, se suman cada día nuevos argumentos como la llamada “ecoansiedad”, que lleva a numerosas parejas a declinar la crianza. Ya lo dijo Miley Cyrus: “Nos están dejando un planeta de mierda y me niego a entregárselo así a mis hijos”.

El segundo argumento, por detrás del “no quiero” al que aluden los encuestados de SigmaDos (24,3%) es el de que no se han dado las condiciones familiares o de pareja adecuadas para dar el salto; es decir, que no se ha encontrado a la persona idónea. El país registra máximos de solteros, animados por la era del exceso, del hedonismo, del mirarse a uno mismo, de los caprichos a golpe de tarjeta bancaria y de la ruptura de los códigos clásicos en torno a las relaciones. La socióloga y escritora Eva Illouz lo describe en ‘El fin del amor’: “La libertad personal se ejerce de manera incesante por vía del derecho a no involucrarse en relaciones, o bien a desvincularse de ellas”. Así, si a finales del siglo XIX la literatura encumbraba la figura del célibe hedonista, con Flaubert o Baudelaire al frente, ha sido este el siglo de la soltera empoderada y orgullosa, el del ‘Single Lady’ de Beyoncé. “Estar soltera está de moda”, cantaban con interés Lunay, Daddy Yankee y Bad Bunny. Y tenían razón con este hit, que nacía en un contexto en el que el discurso antihijos se naturalizaba y viralizaba a través de la literatura, ensayos y redes sociales, que alumbraban (y siguen haciéndolo) cuentas que ensalzan las virtudes de las mascotas frente a los vástagos. En los hogares españoles ya hay más perros que niños de 14 años. Es el fenómeno “perrijos”.

Las (malas) condiciones laborales o la conciliación son la tercera razón (21,7%) que refieren los encuestados para no tener descendencia, siendo el primero un punto trampa que rebaten numerosos sociólogos porque… ¿Acaso alguien sabría decir cuándo está en el punto óptimo de trabajo? Nadie cuestiona que urge incidir en la mejora de la flexibilidad para conseguir una verdadera conciliación, ahí está el gran reto de este siglo, pero se abre al mismo tiempo el espacio para la reflexión colectiva sobre las razones que ha llevado a varias generaciones a perder el interés en la descendencia, evitando así no caer en el maniqueísmo del discurso que alude a la sociedad de la desesperanza y la vulnerabilidad. Porque esta última llega más adelante, según revela la encuesta: más del 60% de los españoles que no ha tenido hijos admite que se arrepiente de no haber dado el paso, y el remordimiento incrementa cuando se superan los 65 años. No preguntemos. Mejor, preguntémonos.

Ana Núñez-Milara, directora Yo Dona.

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