El año que votamos con los pies | Artículo de Gerardo Iracheta en El Mundo

Cuando acaba un año es habitual que nos preguntemos cómo somos los españoles. Pero esta pregunta es indisociable de otra: ¿cuántos somos? E incluso otra más complicada aun de responder: ¿quiénes somos? El dato: España acabará 2022 con su récord demográfico (47,6 millones de habitantes, según los datos del INE recogidos en el padrón) que coincide, dado nuestro crecimiento vegetativo negativo, con otro récord que explica y hace posible el anterior: el primer semestre de este año que acaba se produjo la mayor llegada de inmigrantes de nuestra historia (casi medio millón).

Dicho de otra forma, en pleno auge del concepto de la España vacía, que sacude algunos territorios intentando arañar un diputado a PSOE o PP, en nuestro país viven y trabajan más personas que nunca en su historia… aunque acumulados, también más que nunca, en las áreas urbanas.

No siempre fue así: de finales de 2009 a comienzos de 2015, España perdió población. Cada semestre las salidas de nuestro país superaban a las llegadas. Desde 2015, el flujo se invierte, empiezan a llegar más personas y a compensarse la caída de nacimientos de tal manera que España vuelve a crecer. Esa tendencia, interrumpida brevemente durante la pandemia, se recupera con un efecto rebote hasta ahora.

A escala mundial, las personas votan con los pies. La frase, cuya paternidad pertenece al historiador Yuval Noah Harari, describe la emigración como un acto voluntario y libre, equiparable a la promesa política de un cambio, al ideal de una vida mejor.

Como casi todo lo bello en este mundo, la idea encierra una contraparte ingenua: a diferencia del voto, no siempre se puede emigrar donde se quiere. La proximidad geográfica se suma a las trabas administrativas y políticas que condicionan drásticamente estas decisiones. La biopolítica de la frontera se incardina en una realidad insoslayable: ninguna sociedad carece de límites a su modo de vida y no querer reconocer esto -o insistir en lo contrario, desde posiciones de superioridad moral pretendidamente filantrópicas- es abonar el camino para lo contrario: la reacción del populismo xenófobo. Además, las trágicas muertes de subsaharianos en nuestros mares o saltando nuestras fronteras para alcanzar el suelo -y el sueño- español y europeo nos alertan de que la emigración es, en demasiadas ocasiones, una huida empujada por el terror de la guerra o el hambre en estados fallidos. Estados que a duras penas podemos ubicar en un mapamundi, de los cuales los occidentales nos hemos desentendido irresponsablemente, cediendo un protagonismo inquietante a Rusia o China.

Aunque a veces se convierten en el centro involuntario de la campaña electoral, solo unos pocos de los que ya viven entre nosotros podrán elegir su partido en las urnas en mayo y noviembre. Todos, sin embargo, forman parte de un país que vota cada día. Que lleva, de hecho, años votando construir con un demos compartido. En menos de lo que creemos, no solo podrán votar (esta vez, con las manos), sino que también serán votados, como ha ocurrido en Francia con la alcaldesa de París o el ex primer ministro Valls.

En unos años, o quizás ya es así, sus recuerdos navideños sabrán a uvas. Lejos quedan esas fiestas navideñas que se celebraban entre la añoranza de familiares que se fueron a Francia, Suiza o Alemania, plasmada en películas como Vente a Alemania, Pepe. En medio siglo el sentido de ese viaje se ha invertido y nada como ese cambio ejemplifica mejor la magnitud de una transformación sin parangón en nuestra historia reciente. Un orgullo que hoy podemos y debemos compartir con quienes han decidido construirlo con nosotros. La Navidad, de hecho, celebra el nacimiento de una vida en continuo tránsito: a Jesús lo trajeron al mundo donde María y José pudieron. Por muchas navidades juntos.

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