Elecciones en los Estados Unidos: ¿incertidumbre radical? 

A 19 días, ¿es el escenario de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos uno de incertidumbre radical? Examinemos cuatro aspectos que apuntan a que sí. 

Incertidumbre 1: los estados decisivos

En una nota reciente de FiveThirtyEight, el portal de encuestas y pronósticos de Nate Silver, una serie muy diversa de encuestadores reconocían que habían introducido en sus métodos una mayor ponderación de los resultados de las encuestas por nivel educativo (en tácito o explícito reconocimiento de que los resultados de las elecciones de 2016 mostraban una correlación entre nivel educativo de los votantes blancos en los estados del Medio Oeste y su apoyo a Donald Trump). 

La cuestión en 2020 no es tanto el resultado del voto popular a nivel nacional, que, muy posiblemente, favorecerá a los demócratas (recordemos que Hillary Clinton obtuvo casi 3 millones de votos más que Trump), sino la dinámica impuesta por el Colegio Electoral, que hace que unos pocos estados resulten decisivos, como indicábamos aquí.

Es en las predicciones sobre el resultado en esos estados donde se respira una especie de pánico soterrado por que se reitere 2016, cuando contra todo pronóstico los demócratas perdieron por menos de un 1 % de los votos Michigan, Pennsylvania y Wisconsin, estados claves del Medio oeste -y con ellos la elección general. La ponderación en las encuestas por nivel de estudio (y los ajustes por representación según votantes urbanos o rurales) es un intento de limitar la incertidumbre sobre el resultado en esos estados. 

Hoy, como entonces, la victoria de Joe Biden o la reelección de Trump pasan por estos estados del Medio Oeste industrial, tradicionalmente más demócratas, con una población mayormente blanca de votantes sin titulación universitaria. Y hoy, como entonces, la media de encuestas de sitios especializados como Real Clear Politics, FiveThirtyEight o The New York Times Upshot apunta a una victoria de Biden en el Rust Belt, con ventajas en Wisconsin (+6), Michigan (+7) o Pennsylvania (+7). 

Pero, ¿y si, otra vez, contra todo pronóstico y por un margen de unos pocos miles de votos, Trump vuelve a ganar en estos estados? ¿Y si los métodos de investigación social conocidos tuvieran dificultades para capturar adecuadamente los marcos narrativos y emocionales en los que basan sus decisiones los votantes indecisos de esos estados? Incertidumbre.

 

Incertidumbre 2: los niveles de aprobación del trabajo de Trump como presidente 

Es ya parte de la tradición demoscópica estadounidense incluir una pregunta sobre la aprobación del trabajo presidencial, que, junto con la marcha de la economía, suele ser un buen predictor de los resultados de las elecciones.  

Los datos de las encuestas sobre aprobación del trabajo presidencial en el caso de presidentes que se presentaron a la reelección se extiende hasta F.D. Roosevelt, en 1940, e incluye a Harry Trum (1948), Dwight Eisenhower (1956), Lyndon Johnson (1964), Richard Nixon (1972), Gerald Ford (1976), Jimmy Carter (1980), Ronald Reagan (1984), George H. W. Bush (1992), Bill Clinton (1996), George Bush (2004) y Barack Obama (2012). 

Aunque, por supuesto, es una “muestra” limitada, solo fueron reelectos los presidentes que, en los 6 meses anteriores a la elección tenían una aprobación de 45 % o más. Las únicas dos excepciones fueron, precisamente, los presidentes que no fueron reelectos: Jimmy Carter en 1980 (32 % de aprobación seis meses antes de la elección) y George H.W. Bush en 1992 (37 % de aprobación seis meses antes de la elección)

¿Qué muestran los datos en el caso de Donald Trump? En diciembre de 2017 Trump alcanzó su punto más bajo de aprobación, con un 37,6 %. En marzo de 2020, cuando la pandemia del coronavirus comenzó a extenderse en los Estados Unidos, un 50 % de los estadounidenses aprobaba la presidencia de Trump (mejora que suele atribuirse al efecto del rally around the flag, esto es, el apoyo de corto plazo a los gobernantes cuando se produce una circunstancia disruptiva no económica, generalmente una guerra, y, en el caso de Trump, el coronavirus). 

El enigma es que, a pesar de los estragos causados por el COVID19, con casi 8 millones de contagiados y 215.000 muertes, en los últimos seis meses el “Job Approval” del presidente se mantiene en torno al 44 %.  Esto indica que, si bien el presidencialismo de los Estados Unidos supone un “suelo alto” para la figura del presidente, la base de apoyo político de Trump es sólida, en torno al 40 % de los estadounidenses (por debajo de la media histórica de los presidentes reelectos, pero aún así: sólida).

¿Se replicará exactamente esta aprobación en las elecciones, o bien Trump dependerá de su suerte en los estados del Medio Oeste? O, más inciertamente aún: ¿es la figura de Trump invulnerable a los vaivenes de la economía y la salud? Incertidumbre.

 

Incertidumbre 3: los votantes registrados y los niveles de participación electoral 

En los Estados Unidos, la prerrogativa sobre las elecciones federales corresponde al Congreso, pero en la práctica los estados tienen jurisdicción y competencias muy amplias sobre la organización de las elecciones en sus territorios. 

De todas estas competencias, ninguna más fundamental que el registro electoral. Y, con la excepción de North Dakota, todos los estados requieren que los votantes se registren previamente como condición para poder ejercer el voto

Este requisito ha tenido históricamente, en general, un efecto desalentador sobre la participación, solo en parte atenuado por la National Voter Registration Act, una ley federal de 1993 que dictaba que los estados debían simplificar el proceso de registro. De hecho, algunos estudios, como el del Pew Trust, estiman que en torno a un 20 % de estadounidenses con derecho a voto, unos 50 millones de personas, no están registrados. 

Como la realidad de los Estados Unidos, la situación del registro electoral es diversa. La mayoría de los estados tienen un plazo límite para registrarse, de entre 2 y 3 semanas antes de las elecciones; algunos estados han habilitado el registro online; 16 (y el Distrito Federal de Columbia) tienen sistemas de registro automático de los ciudadanos que interactúen con agencias federales; unos 30 estados permiten que los votantes indiquen su afiliación partidaria al momento de registrarse, y en estados en los que las elecciones primarias de los partidos suelen resultar ajustadas, la declaración de la afiliación partidaria es obligatoria (en la mayoría de los casos, los registros con detalle de afiliación partidaria son públicos). 

En este escenario diverso, proclive a la desincentivación del voto, los demócratas están viendo algunos datos alarmantes en los estados clave: 

  • El número de votantes registrados de más de 30 años, blancos y sin educación universitaria, grupo demográfico clave en la base republicana, se ha incrementado 10 puntos respecto de septiembre de 2016.  
  • En los últimos meses, en estados cruciales para Trump y que el presidente ganó por menos de 5 puntos (Arizona, Florida, North Carolina, Pennsylvania),  el número de votantes registrados y que se declaran republicanos ha crecido en todos ellos, con la excepción de Arizona. Por ejemplo, desde marzo, en Florida, 195.000 votantes se registraron como republicanos, frente a 98.000 demócratas; en Pennsylvania, desde junio, 135.000 votantes se registraron como republicanos, más del doble de los 58.000 que se registraron como demócratas en ese estado. 

 

¿Son estas tendencias estatales de registro del voto un índice más confiable sobre el resultado que las encuestas que dan ganador a Biden? Incertidumbre. 

 

Incertidumbre 4: el voto por correo

Aunque por razones distintas, la estrategia histórica de los dos partidos para construir coaliciones electorales depende de la afluencia de determinados grupos demográficos: alta participación de las bases y los votantes rurales en el caso de los republicanos, alta participación de los votantes casuales, las minorías  (especialmente los hispanos y afroamericanos), los jóvenes y los votantes urbanos en el caso de los demócratas.  

2020 no es una excepción. Pero la situación de la pandemia del COVID19, que a tres  semanas de las elecciones se mantiene al alza en todos los estados, con unos 50.000 contagios diarios, va a tener un efecto directo sobre la participación de todos estos grupos demográficos, pero específicamente en la participación de quienes elijan emitir el voto por correo

Según una serie de encuestas, del total de votantes que planean emitir su voto por correo la mayoría declara que lo harían por Biden, en una proporción de casi 3 votantes demócratas por cada votante republicano. 

Sin embargo, cuando se cruzan  los datos de solicitud de voto por correo con los datos de afiliación partidaria del registro de votantes, se está aún lejos de alcanzar esa alta proporción (y, por tanto, de asegurar la participación crucial para la coalición demócrata). 

Así, si los votantes demócratas son los menos propensos a votar presencialmente por la situación generada por el COVID19, y si el número de votos por correo no llega a la masa crítica necesaria para Biden, ¿puede la elección inclinarse a favor de los republicanos en los estados clave? Incertidumbre. 

 

¿Por qué el peso de la incertidumbre en estas elecciones?

Oportunamente, en un año como 2020 Mervyn King y John Kay han publicado Radical Uncertainty: Decision-Making for an Unknowable Future, donde critican cómo los  modelos probabilísticos aplicables a “pequeños mundos” se han extendido a la predicción de fenómenos sociales y económicos que, por definición, ni son lineales ni son estacionarios. 

Frente a la tentación de renunciar a toda pretensión diagnóstica y a cualquier pronóstico, King y Kay creen que la evolución nos ha dotado de una racionalidad narrativa, que nos lleva a tomar decisiones coherentes con unos marcos narrativos en los que creemos. Y esta solución evolutiva es la que nos ha permitido sobrevivir y tomar decisiones más o menos útiles en situaciones radicalmente inciertas -en las que, como en la mayoría de los casos, no disponemos de información adecuada ni completa.

Podemos aceptar que la evolución nos ha dotado de una racionalidad narrativa, que lleva a tomar decisiones coherentes con unas creencias

Pero lo que obsesiona a los encuestadores en 2020 es, en todo caso, el marco narrativo de los votantes americanos, marcos que no son cuantificables estadísticamente -en gran medida porque son inconscientes. 

Román Espino

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