España después del Covid19. Tribuna de Gerardo Iracheta, presidente de Sigma Dos, en El Mundo

No es el primer virus global (todos, en cierta forma, lo han sido), pero sí el primer virus de la globalización. El primero retransmitido minuto a minuto, contagio a contagio. Un virus que empieza –supuestamente- en un mercado de Wuhan (China) y termina cerrando el mundo. Un virus así es la plasmación más evidente de la “teoría del caos” que enunciara proféticamente el matemático Eward Norton Lorenz en los años 60, y cuyo efecto más conocido es el “efecto mariposa” (una pequeña perturbación inicial, como el aleteo de una mariposa en el Amazonas, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande a corto o medio plazo en el otro lado del mundo).

La mutación y la expansión de esta gripe ha alterado nuestros equilibrios, amenaza con poner a prueba los límites de nuestros sistemas sanitarios (la columna vertebral del Estado del Bienestar) y contagiar a toda la economía, sin que los gobiernos estén siendo capaces de parar los efectos, potencialmente devastadores. Este virus ha pillado a la globalización sin una gobernanza global efectiva, provocando un inédito cierre de fronteras y una respuesta dispar, desacompasada y asimétrica de consecuencias impredecibles. La política habrá de replantearse tras el Covid19 afrontando el dilema de hacerse definitivamente global o refugiarse en las fronteras impermeabilizadas de los antiguos estados-nacionales.  De fondo, la guerra comercial de EE.UU. con China, la batalla geopolítica por el precio del petróleo (ahí están Arabia Saudita y Rusia), el posicionamiento de la Unión Europea en el mundo (¿qué hacer con el espacio Schengen?)… El virus de la globalización afecta a todos los órganos de la misma, a todas sus funciones vitales. Y nos plantea un problema ético sobre el que tendremos que debatir públicamente cuando llegue el momento, el del complicado balance entre el derecho a la información y la transparencia, y la cuestionable conversión del Covid19 en un poderoso espectáculo para los medios, por su carga dramática (a veces trágica), por sus imágenes impactantes y cercanas a la ciencia ficción y las distopías creadas por el cine.

Para España supone un desafío de proporciones desconocidas por varios motivos. En primer lugar, porque tenemos la proporción de personas mayores, las más vulnerables al virus, más elevada de nuestra historia (en un proceso que no tiene fácil solución a corto plazo, pues nuestra tendencia demográfica es negativa); en segundo lugar, por nuestra elevada dependencia del turismo y del sector servicios, industrias en las que el virus va a tener un impacto preocupante y de difícil solución hasta la superación total de la epidemia; en tercer lugar, por la cultura “presencialista” propia de los mediterráneos, muy dados en el ocio y la vida personal a compartir intensamente el espacio público, y en el ámbito profesional, menos preparados para implementar medidas de teletrabajo y conciliación, más propias de economías intensivas en conocimiento y de formas de organización laboral más capaces de confiar en la responsabilidad individual de los trabajadores.

Pero el reto va más allá y debemos ser conscientes de él. Este virus va a poner a prueba nuestras democracias, nuestras sociedades, nuestra capacidad de convivencia, civismo y responsabilidad personal, nuestros modelos productivos, nuestras políticas de seguridad. Las medidas de urgencia, concretadas en España a través del “estado de alarma”, la regulación de la higiene y la limitación de las actividades sociales, van a suponer la vuelta de la bio-política (la política entendida como el control de nuestros cuerpos y la administración directa de lo biológico y lo somático); un control que, en sociedades abiertas y democráticas, será inviable sin la participación y el compromiso de los propios ciudadanos, a diferencia de los modelos autoritarios, donde se implementan sin dificultad por la fuerza. Habrá que estar alerta porque es muy posible que en el epicentro de nuestras batallas ideológicas emerja, por tanto, la tentación autoritaria, el atajo más directo para afrontar la disciplina social, como ha ocurrido en China.

La crisis, además, aplicará espontáneamente un darwinismo global del cual saldrán reforzados unos países y debilitados, otros. Económicamente, resistirán mejor aquellos que hayan avanzado más en la digitalización no solo de la información, sino de la prestación de servicios (pensemos en la sanidad española, muy valorada por los ciudadanos, pero con insuficiencias claras en la teleasistencia, como estamos viendo). Aguantarán mejor los sistemas productivos flexibles y con una producción distribuida en un sistema de redes nodales, en lugar de aquellos que concentran intensivamente la producción en pocos puntos muy localizados (pensemos en el buen ejemplo de Inditex, con una red de fábricas por todo el mundo, incluida España, que le hace más resistente al colapso). Se adaptarán más aquellos países que se hayan despojado de las ineficiencias propias de modelos analógicos y presenciales y desarrollado más sectores basados en el conocimiento, que es lo más resistente a los cambios en el mundo físico. Estarán más preparados aquellos países que, en sus sistemas de inteligencia y seguridad, hayan incluido el análisis minucioso de las amenazas globales, contemplando las epidemias en principio ajenas a nuestro entorno, estudiado los recursos propios y planteado respuestas basadas en el conocimiento científico multidisiciplinar.

España ha adoptado un lema colectivo para apuntalar el estado de ánimo en este periodo que afectará a nuestra autoestima social: Resistiremos. Pero además de resistir, una vez superado lo peor, España tendrá que replantearse como proyecto colectivo, preparándose para cambiar cuestiones que, en muchos casos, implicarán una transformación profunda de nuestra cultura, de nuestras costumbres y mentalidades, de nuestra identidad. Se trata de adaptarse o languidecer en un contexto mundial asimétrico y complejo. Es una oportunidad para España, sí, pero hay mucho por hacer, y poco tiempo para empezar.

 

Tribuna de Gerardo Iracheta, presidente de Sigma Dos, en el diario El Mundo

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