Geopolítica del desencanto y la esperanza

El optimismo no equivale a felicidad. Básicamente, porque ambos conceptos emocionales conjugan tiempos diferentes: la felicidad valora nuestra relación con el presente, y el optimismo, nuestra expectativa de futuro.  Es por ello que, a diferencia de la felicidad, el nivel de optimismo depende también de cómo se haya vivido el presente año. Un annus horribilis puede concluir esperanzado si se considera que difícilmente el año entrante será peor. Conviene tener esto en cuenta para comprender por qué, un país como Ucrania, que atraviesa una larga y dolorosa guerra con Rusia, es el país más optimista de Europa, donde un 51% de los ciudadanos cree que 2024 será mejor que 2023, por solo un 17% que considera que será peor.

La encuesta de Final de Año de Gallup International, realizada en 41 países de todo el mundo a más de 40.000, en la que España participa a través de Sigma Dos, repite anualmente una sencilla pregunta: “¿Cree usted que 2024 será mejor, igual o peor que 2023?”. Sus resultados configuran un interesante mapamundi global del optimismo y el pesimismo, donde ya es tradición que Europa se revele como el continente más pesimista del mundo. Las sociedades de nuestros países no sienten que el porvenir vaya a ser mejor que nuestro pasado, que tiende a idealizarse. ¿Las causas? Los debates mantenidos en la cumbre de Davos han señalado algunas posibles: desenganche de la carrera tecnológica, envejecimiento poblacional, pérdida de posiciones económicas ante otras potencias…  En cualquier caso, en un año de elecciones europeas, esta encuesta debería ser objeto de análisis y reflexión por parte de los responsables políticos que aspiran a configurar un Europarlamento y una Comisión capaces de reorientar este estado de ánimo. Si la esperanza es el combustible que da potencia a la democracia, que la convierten en una cultura diaria de coexistencia y autogobierno más allá de una arquitectura estática de instituciones y normas, la desesperanza es un poderoso disolvente democrático que amenaza con ralentizarla, con la retraerla e incluso con desestabilizarla. Ser pesimistas es una debilidad estructural, una bajada inmunológica. Nos hace vulnerables. En la sociedad de la comunicación,  desencanto es el alimento del escepticismo y, a la postre, del radicalismo político.  En un año super electoral, en el que más gente en todo el planeta va a votar sus gobiernos -la mitad de sus habitantes, unos 4.000 millones de personas-, y con ella, a transformar la geopolítica mundial, tanto la UE como sus aledaños aparece teñida por una tonalidad emocional sombría.

Tan es así, que los cinco países más pesimistas de la encuesta global están suelo europeo. Por este orden, son Bosnia Herzegovina, Serbia, Italia, Bulgaria y Portugal. España no está a la cola del pesimismo, pero tampoco se escapa a la tendencia de creer que 2024 será peor que 2023. En nuestro país, al igual que en la mayoría de los de su entorno, vence ligeramente el pesimismo: un 31% de españoles cree que 2024 será mejor; un 37%, que será peor, y un 29%, que será igual de bueno o de malo (según se mire).  

Son datos que empeoran el índice de la última encuesta, realizada a finales de 2021: entonces,  el 50% de los españoles pensaba que el 2022 sería mejor que 2021, lo que supuso un incremento de 4 puntos respecto al mismo estudio de diciembre de 2020, mientras que los pesimistas se situaron en el 18%, diez puntos menos que en 2020. Aunque puedan parecer poco halagüeños, estos porcentajes nos convierten en uno de los países con más optimistas de Europa, solo superados claramente por Rumanía (41% de optimistas frente a un 32% de pesimistas), y, a menor distancia, por suecos y suizos, ambos países con un 35% de optimistas y un 23% y 25 % de pesimistas, respectivamente.

En el resto de países europeos importantes, hay más pesimistas que optimistas, incluso en los de tamaño similar, como Polonia, que cuenta con un 20% de optimistas y un 32% de pesimistas; y los de una cultura cercana, como nuestros vecinos portugueses, con un 29% de de creyentes en un 2024 mejor por un 44% que cree que será peor. En Alemania, los optimistas son el 27%, frente al 34% de pesimistas.

Todo esto contrasta con lo que sucede en otras zonas del planeta. Los optimistas tienden a ser mayoría en los países emergentes, especialmente los asiáticos. Así, el país con más proporción de personas que auguran un 2024 mejor es Arabia Saudita, con un abrumador 84% de optimistas frente a un 2% de pesimistas. Le siguen Kosovo (68% de optimistas), Indonesia (64%) e India (63%). Y, aunque pudiera parecer sorprendente si se tiene en cuenta la llegada de los talibanes, un país como Afganistán presenta un 55% de optimistas frente a solo un 8% de pesimistas.

El continente americano, por su parte, se sitúa entre Europa y Asia, no solo geográficamente, sino también en cuanto a sus perspectivas de futuro: ni tan optimistas como los asiáticos, ni tan pesimistas como los europeos. Así, los Estados Unidos tienden al optimismo: un 39% cree que 2024 será mejor, un 33% peor, y un 23%, que será igual. Y entre los países latinoamericanos, destaca México, que se sitúan muy cerca de potencias del  optimismo, con un 62% de optimistas, que más que doblan a los pesimistas (25%), y Argentina, que acaba de cambiar su dirección política, y que también se suma al optimismo: el 42% de los ciudadanos del país austral le ven buen aspecto a este año, mientras que el 24% cree que será peor que 2023. En África, la alegría va por barrios. Mientras en Kenia hay casi empate, con un 39% de optimistas y un 40% de pesimistas, Nigeria pone la nota entusiasta, con un 40% de optimistas frente a un 26% de pesimistas.

A nivel global, dos de cada cinco entrevistados en todo el mundo esperan un 2024 mejor que el actual, mientras uno de cada cuatro, considera que será peor. A pesar de todo lo que está ocurriendo (o tal vez, a causa de todo), casi el 30% espera que el año entrante sea igual que el anterior. En conjunto, las cifras son ligeramente más optimistas que las de las últimas encuestas globales, aunque, como se ha visto, el optimismo varía mucho de una zona a otra del planeta.

A la luz de estos datos, resulta lícito preguntarse si estamos ante un problema continental, estructuralmente europeo, o si es síntoma de una progresiva pérdida de posiciones geoestratégicas y económicas que convierten a la antaño todopoderosa Europa en un espacio casi museístico y envejecido, perdiendo posiciones en relación con las zonas emergentes del planeta. Intelectualmente, Europa ha sido cuna de corrientes de pensamiento pesimistas, como Schopenhauer, que dijo aquello de que “no hay ningún viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige”. Durante décadas, la Unión Europea fue el puerto al que todos queríamos llegar, una fábrica de futuro y de expectativas para los europeos, una promesa de paz y prosperidad. Si el liderazgo se define como la capacidad de forjar una promesa en la mente de las personas, de ofrecerles un horizonte por el que merezca la pena caminar juntos, podríamos concluir que Europa está huérfana de líderes y falta de un rumbo esperanzador. Ojalá las elecciones europeas de 2024 sirvan para volver a encontrar motivos para la esperanza, esa energía que, según Hanna Arendt, a pesar de todo, es la más renovable de todas.

Estas son las conclusiones de una parte de esta macroencuesta que Gallup International hace cada año y que, en esta ocasión, también preguntó por las perspectivas económicas y miedo a la posibilidad de que en 2024 haya más guerras. Estas conclusiones se pueden consultar aquí. 

Luis Hernández Cardona, director general de Eurostar Mediagroup.

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