Los BRICS: ¿Sobredimensionados o subestimados?

La agresión de Rusia a Ucrania, tanto más significativa cuanto el perpetrador es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y uno de los dos principales poderes nucleares del planeta, no es la única señal del resquebrajamiento de la gobernanza internacional posterior a 1945. 

El desacoplamiento económico de los Estados Unidos respecto de China, que empezó con el gobierno de Donald Trump y continúa con leyes de la Administración Biden sobre subsidios a la industria manufacturera nacional y la prohibición de exportaciones de alta tecnología a China; los tanteos de la Unión Europea con la (aún difusa) “autonomía estratégica” y la nueva iniciativa de apoyo a la industria comunitaria de defensa presentada por Ursula von Der Leyen; la expansión de la OTAN o la alianza AUKUS entre Estados Unidos, Australia y el Reino Unido sobre submarinos nucleares, son otras señales de la vuelta de la geopolítica.

A esto debe sumarse la consolidación de un espacio alternativo al G7, el grupo de los BRICS (acrónimo de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que emergió alrededor de 2010 como asociación, grupo y foro político y económico de países emergentes y que ha sumado recientemente a Egipto, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Etiopía.  

En su conjunto, estos países tienen una población superior a los 4.000 millones de personas (esto es, más de la mitad de la población mundial) y su PIB combinado supone, con 26 billones de dólares, casi un tercio de la economía mundial. 

Sin embargo, esta creciente influencia internacional no parece corresponderse con un mayor conocimiento ciudadano: casi un tercio de la población mundial nunca ha oído hablar de los BRICS. Son datos de la encuesta global de la Asociación Internacional Gallup, que refleja las opiniones de unos cuatro mil millones de personas en 44 países, entre ellos España, donde la asociación está representada y participa en la encuesta a través de Sigma Dos. 

Además de ese desconocimiento, la encuesta muestra que, en general, las actitudes positivas y negativas hacia la alianza BRICS son casi iguales en porcentajes (19% positivo frente a 17% negativo), pero con disparidades geográficas significativas: mientras que en América Latina, África y Oriente Medio hay una mayor aceptación del grupo, las opiniones negativas son más marcadas en los países occidentales, y particularmente en el G7 + UE. 

Así, en la Unión Europea el grupo de los BRICS genera el rechazo del 26% de la población, con picos de máxima opinión negativa en dos países comunitarios: Suecia, que con un 45 % representa el mayor porcentaje de opinión negativa de todo el mundo (en clara relación con la guerra en Ucrania y el reciente ingreso del país nórdico a la OTAN), y España, que con un 30 % reúne el mismo porcentaje de rechazo que los Estados Unidos. 

El dato más significativo sigue siendo la limitada conciencia global sobre el bloque de los BRICS, tanto más cuanto que la población del grupo representa casi la mitad de la población mundial y que de los países que lo componen depende parte considerable de la economía planetaria y los intercambios comerciales globales. 

Una brecha de percepción que aboca a la comunicación 

La brecha entre conciencia global sobre los BRICS y su pujante realidad demográfico-económica representa un desafío para los gobiernos occidentales y para la Unión Europea. 

Y es que, si las poblaciones occidentales no perciben o comprenden qué significa esa alianza estratégica, ¿cómo convencerán los gobiernos a la opinión pública de la necesidad de invertir recursos, presupuestos y planes de realineación estratégica que, en todo caso, implicarán costes?

Comprender y dar a conocer de manera efectiva el impacto mundial y las implicaciones geopolíticas de una alianza económica pujante y de un club de países que incluye a regímenes autocráticos o con deficiencias democráticas severas como Rusia, Irán y China resulta crucial para los gobiernos occidentales. 

La realidad de las percepciones públicas sobre los BRICS que refleja la encuesta global de Gallup también plantea la necesidad de reconsiderar las estrategias de comunicación y discurso, en un escenario en el que la opinión pública incide cada vez más en las decisiones políticas y alineaciones internacionales. 

Román Espino

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