¿Nos preocupa la ciberseguridad?

En el imaginario colectivo tradicional (y analógico) el dinero adquiría la forma física de un fajo de billetes o una montaña de monedas y el núcleo físico de un banco era una caja fuerte, metáfora de una fortaleza inexpugnable. En el mundo digital seguimos esperando que la institución que custodia nuestros ahorros, el fruto de nuestro esfuerzo, la posibilidad de nuestros proyectos futuros sea una fortaleza de datos; un espacio a salvo de los hackers, las filtraciones, los ciberdelitos, el robo de los más íntimo. Hoy, de la banca digital esperamos lo mismo que de aquellos bancos acorazados: que sean un cofre virtual en la vasta red, donde los activos más sensibles, más preciados se resguardan detrás de capas y capas de algoritmos y cifrados, donde los tesoros digitales yacen seguros, protegidos por guardianes invisibles que vigilan sin cesar.

Sea mediante cámaras acorazadas por el acero o con densos cifrados, el sistema económico no sobreviviría sin garantizar la seguridad y la confianza. La reciente encuesta realizada de Sigma Dos para la Confederación Española de Cajas de Ahorro (CECA) arroja un dato revelador: las entidades bancarias son las instituciones en las que más confían los españoles ante los ciberataques. Según el estudio de Sigma Dos, el 81% de los españoles confían en las entidades bancarias para proteger sus datos frente a los ciberataques, mientras que solo el 59% confía en las redes sociales y el 57% en las empresas de comercio electrónico. Estos datos revelan no solo la confianza depositada en el sector bancario, sino también la percepción pública sobre la robustez de sus medidas de ciberseguridad en comparación con otros sectores digitales.

Este hallazgo no solo refleja la importancia de la confianza en el ámbito financiero, sino que también marca un nuevo paradigma en la seguridad: el paso de la seguridad tradicional a la ciberseguridad como piedra angular de una sociedad en una acelerada transformación digital, donde los activos financieros se transforman en datos cuya protección resulta esencial y requiere una constante inversión en seguridad. Una inversión que apunta a un desarrollo en continua progresión y siempre inacabado. Como señaló el experto y criptógrafo Bruce Schneier, “la seguridad es un proceso, no un producto.»  Este cambio de paradigma es, por tanto, más que una transición tecnológica; plantea una evolución cultural y estratégica que obligará a cambiar nuestros modelos de país, de seguridad colectiva, e incluso nuestros hábitos individuales.

El paso de la seguridad tradicional a la ciberseguridad representa un hito crucial en la evolución tecnológica que exige un enfoque holístico para salvaguardar los sistemas informáticos, las redes y los datos contra amenazas cibernéticas cada vez más sofisticadas. Es un campo que requiere una mentalidad proactiva y soluciones innovadoras, puesto que la ciberseguridad no es simplemente una capa adicional de protección, sino un principio fundamental que impregna todas las facetas de la interacción digital.

La confianza, en este contexto, se convierte en el elemento vital que alimenta la relación entre las instituciones y los usuarios en el mundo digital. Cuando los usuarios confían en la seguridad de sus datos y transacciones, están más dispuestos a participar en la economía digital y aprovechar las oportunidades que ofrece. La confianza, por lo tanto, ese principio rector de cualquier sistema social que tanto espacio ocupó en la sociología sistémica de Niklas Luhmann se convierte en el catalizador que impulsa la innovación y el crecimiento en el ciberespacio. Esto resalta la necesidad de un enfoque integral de la ciberseguridad que abarque no solo la tecnología, sino también la educación, la concienciación y la transparencia.

En este sentido, y en el contexto del auge de víctimas de ciberataques, se revela una causa fundamental: la falta de formación de los usuarios en los canales digitales. Según el estudio, seis de cada diez encuestados admiten tener conocimientos limitados en ciberseguridad, una tendencia que se acentúa entre las personas mayores de 65 años. Sorprendentemente, el 20 % de los encuestados cree que su entidad bancaria podría solicitarles vía email, SMS, WhatsApp o teléfono sus claves de usuario y contraseñas de acceso a la banca digital. Inquietante.

Ante este escenario, las entidades bancarias se han volcado en la creación y difusión de contenido con el firme propósito de empoderar a sus clientes con las herramientas necesarias para mitigar su exposición a ciberfraudes. A pesar del esfuerzo, solo el 54 % de los encuestados afirma prestar atención a estas comunicaciones, siendo la población más joven la menos receptiva (solo el 33 %) y los mayores de 65 años más abiertos (el 67 %).

Por otro lado, el 65 % de las personas considera que toma medidas de protección suficientes para salvaguardar su seguridad digital, una cifra que se eleva al 86 % entre aquellos que aseguran tener conocimientos en ciberseguridad. Entre las medidas más destacadas se encuentran la activación de notificaciones ante movimientos en la cuenta, el uso de datos biométricos de acceso y la adopción de prácticas como cambiar periódicamente las contraseñas.

Rosa María Díaz, directora general de Sigma Dos.

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