Tribuna de Gerardo Iracheta | El tiempo a golpe de uva

SEÑALABA uno de los padres de la sociología moderna, Georg Simmel (1858-1918), que la experiencia del tiempo en la ciudad contemporánea cambió con la generalización de los relojes de bolsillo. Gracias a estos, argüía el pensador alemán, la vida de los ciudadanos podía por fin armonizarse con una medición exacta e igual para todos. Algo fundamental para que los trabajadores pudieran cumplir con los turnos de las fábricas, los empresarios y banqueros programar sus reuniones, y el ciudadano, en definitiva, organizar su tiempo vital para adaptarse a todo ese engranaje colectivo. Estas son las primeras conclusiones de Gerardo Iracheta, presidente de Sigma Dos, en esta tribuna para El Mundo.

El reloj de bolsillo –y posteriormente, el de muñeca– individualizó el tiempo social que antes marcaba de manera pública el reloj de la iglesia. Pero los relojes de bolsillo, de muñeca y los del smartphone de ahora no han hecho desaparecer las campanadas de nuestras plazas (gracias a Dios). El tiempo tiene una arqueología curiosa que funciona por adición. Como en una ciudad milenaria, vivimos sobre diferentes capas de tiempo superpuestas que nos anclan a una tradición y dan unidad a la experiencia colectiva de muchas generaciones. Aún hoy, en la era del teletrabajo y las redes sociales, los años y los meses siguen la primigenia división romana con sus nombres de dioses.

«El tiempo, socialmente entendido, es una convención que nos moldea. Es una ordenación de la historia, la conducta y también de las expectativas»

La Navidad es precisamente la celebración de un nacimiento que sirve para cerrar una etapa y abrir otra. Necesitamos empezar con buenos deseos porque, como decía Hannah Arendt, la esperanza es la energía más renovable de todas, la que nos permite reinventarnos incluso sobre las cenizas del desastre. Un desastre que, en tiempos de pandemia, mide el tiempo en oleadas (primera, segunda, quinta…) y agota el alfabeto griego para las nuevas variantes, desde la delta hasta la ómicron.

Sobre calendarios y tiempos, la cultura española tiene bastante que decir. Fueron los astrólogos de la Universidad de Salamanca los primeros, en el siglo XVI, en identificar el desfase entre el año solar y el litúrgico, descubrimiento que permitió el cambio del calendario juliano al gregoriano, más ajustado al ciclo natural. Fue Felipe II el primer rey en adoptar para el imperio español dicho calendario, que terminaría universalizándose a toda la cultura occidental, incluida la protestante. Quevedo se adelantó a Kierkegaard y poetizó el tiempo como angustia existencial: «Ayer se fue; mañana no ha llegado; hoy se está yendo». Y, en un tono más popular, pero no necesariamente menos importante, fuimos los españoles los inventores de esa original tradición de comernos 12 uvas a la vez, sincronizados con la precisión de un reloj suizo, al son de una pieza de artesanía que regaló en 1866 el relojero José Losada a la villa de Madrid, el carrillón de la Puerta del Sol… Una puerta que ejerce una vez al año como gran plaza del pueblo España que nunca dejamos de ser.

Aunque la tradición data de la década de 1890, cuando espontáneamente cientos de madrileños empezaron a reunirse en la Puerta del Sol para saludar el nuevo año comiendo uvas, no fue hasta la extensión de la televisión y la amplia cobertura de TVE, en los años 60, cuando se convirtió en el fenómeno masivo que es hoy en todo el país. La tradición, en un país tan tendente a la dispersión cultural como España, tiene una importancia simbólica central: como acertadamente cantó Mecano en los 80 la tradición opera el milagro, casi impensable durante el resto del año, de que «los españolitos, enormes, bajitos» hagamos «por una vez algo a la vez». Aunque sea comernos doce uvas después de unos cuartos debidamente explicados, año a año, para no confundirnos.

Tanta importancia le damos a este ritual, que uno de los momentos más delicados de la televisión española lo protagonizó, muy a su pesar, la solvente Marisa Naranjo cuando, por un problema técnico ajeno a ella, se privó al país del ejercicio sincrónico de deglución vitícola en la Nochevieja de 1990. No pudimos soñar un escenario más rocambolesco para iniciar una década llamada a ser prodigiosa para España. Aquella polémica uvera fue, sin embargo, superada pocos años después cuando, en 1996, un arquitecto de la Dirección General de Agricultura y Vivienda de Madrid decidió restaurar el reloj centenario, desoyendo los consejos de su técnico custodio, el relojero Vicente Rodríguez. Las 12 campanadas, que llevaban décadas sonando durante 36 segundos, se sucedieron en 17, a poco más de un segundo por uva, provocando una sucesión dramática de atragantamientos familiares que el maestro Umbral bautizó en EL MUNDO como Las uvas de la ira. Para rematar, no nos olvidamos de las campanadas que Canal Sur retransmitió a trompicones, entre 2014 y 2015, por un error técnico que sirvió a los espectadores uvas mezcladas con anuncios. Los responsables de la cadena autonómica asumieron deportivamente sus responsabilidades no sin una nota de humor autocrítico, como corresponde al carácter andaluz.

Si algo hemos aprendido los observadores sociales de estos dos años pandémicos, es que el pesimismo y la preocupación son la variante más contagiosa del virus. Con datos de vacunación a la cabeza del mundo, y una situación epidemiológica que ya quisieran para sí Alemania o Austria, aún casi 6 de cada 10 españoles dice estar muy o bastante preocupado por los nuevos datos del Covid-19, según las últimas encuestas de Sigma Dos.

Es verdad que cerramos el año cargados de incertidumbres y malas noticias –la nueva oleada, la inflación, el problema con los suministros–. Y también lo es que ninguno de esos problemas se esfumó el 1 de enero de 2022. Pero también es cierto que estas Navidades vuelven a ser unas vacaciones mentales de este agotador carrusel de problemas.

«Si por unos momentos logramos preocuparnos por la sincronización de las campanadas o la velocidad del carrillón, al menos habremos empezado el año menos tensos. Que falta nos hace. Por todo ello, felices fiestas y feliz 2022.»

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